Se recuerdan 26 años del golpe que derrocó a Stroessner

3 de febrero de 2015

Hoy se recuerdan 26 años de aquel golpe de Estado que destruyó la dictadura en Paraguay, la más larga en Latinoamérica (1954-1989).

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A continuación podrás leer algunas anécdotas de los momentos cruciales de aquella noche y madrugada del 2 y 3 de febrero que pondría fin al gobierno de Stroessner.

-Papá, esta noche es el golpe contra vos-, le repitió por enésima vez el coronel Gustavo Stroessner a su padre, el sanguinario dictador Alfredo Stroessner a la media tarde del jueves 2 de febrero de 1989.

-Pero ya volvés otra vez con esa macana. Yo ya hablé con Rodríguez y no hay pues nada que temer-, le replicó a modo de despedida el que gobernaba con manos ensangrentadas el Paraguay desde 1954.

Uno de los pocos que estando en el poder no sabía que estaban a punto de convertir en cenizas sus asi 35 años de reinado del terror era el segundo reconstructor de la República y primero en todo lo demás. Era un secreto a grito pelado que su condición de dictador confiado en su omnipotencia le había impedido creer... por suerte.

Como él, en la calle, muchos tampoco estaban al tanto de que en el oscuro vientre de las armas cargaban balas dispuestas a matar unas horas más adelante. Por eso, con toda tranquilidad, continuaban su rutina de víspera de feriado. Algunos se preparaban para ir a Itá donde en los dos clubes más tradicionales del lugar iban a cantar Luis Miguel y Sergio Denis.

NO ERA UN CUENTO

Había sin embargo personas que le hacían caso al rumor que -dicho sea de paso- no era nuevo. Por eso se abastecían en los supermercados, avisaban a sus amigos y familiares, los devotos prendían velas a sus abogados y tomaban sus precauciones. Parecía que esta vez de verdad la hora "H" y el día "D" estaban agazapados y con ropas de camuflaje a orillas de Asunción.

Lo que solo se sabría después en detalles es que las armas de Caballería -con el general Andrés Rodríguez liderando la conspiración que Stroessner no creía-, Armada, Infantería e incluso una parte de la Aviación hacía rato buscaban el momento propicio para asestar los tiros mortales al tirano del que se habían apoderado desde el 1 de agosto de 1987 los "colorados, militantes stronistas" encabezados por el Cuatrinomio de oro.

MOMENTO CLAVE

La hora marcada era las 03 de la madrugada del 3 de febrero. Hacia ese 33 consensuado confluían los nervios, la ansiedad y los temores de los complotados. Para los nueve Carlos y los cinco Víctor ya no había vuelta atrás posible.

El plan original era desplazarse por la ciudad dormida e interrumpir el sueño del que no dejaba ni bostezar a los opositores.

-Mi general: el número 1 está en lo de Manito Duarte y luego, como a las 8 de la noche, pasará a lo de Ñata Legal-, le informó al general Rodríguez un capitán de su servicio de inteligencia que monitoreaba los teléfonos de los Stroessner Matiauda.

Fue entonces cuando comenzó a resquebrajarse la planificación inicial. Si el objetivo era tomado en la casa de su amante, se escribiría sin mayores sacrificios el final de la historia. Si no, hasta la suerte de los alzados podría estar en peligro.

De manera hasta si se quiere insólita, la difícil misión fue encargada al general Eduardo Allende, comandante del Servicio Agropecuario. Lo acompañaría alguien más afín al combate: el coronel Mauricio Díaz Delmás, del Regimiento de Caballería Nº 4, con un grupo de soldados y sargentos. Uno atacaría por delante y otro por detrás la residencia ubicada sobre la Autopista.

FALLA 

Para disimular, el general Allende y su tropa llegaron en un camión transganado poco después de las 21. Con retraso llegó a la cita Díaz Delmás. La refriega fue corta, pero intensa. El ataque había sido en vano: ya el pájaro había volado para refugiarse en el Batallón Escolta. Desde allí, con su hijo Gustavo, otros familiares, unos pocos militares que todavía no le habían traicionado, cientos de "agregados" que ni sabían lo que era un percutor y apenas un "militante, combatiente stronista hasta las últimas consecuencias" intentó resistir y hacer que el curso de la historia le fuera favorable.

Los que creían que contaban aún con algunas horas para que las tropas descansaran, abruptamente encontraron otro escenario. A todos les tomó desprevenidos la intempestiva modificación del libreto acordado. Cada quien, como pudo, dominó sus nervios, asimiló el revés y se las arregló para ordenar el zafarrancho de combate. A partir de ahí, todo era cuestión de vida o muerte. Por las dudas, el general Rodríguez salió de su despacho a mirar si el helicóptero en el que huiría si fuese necesario estaba a mano.

Alrededor de las 22, cada uno de los grupos comprometidos con el golpe estaban ya camino a sus objetivos: la Armada para tomar la Policía, el Palacio de Gobierno y Canal 9; el Regimiento de Infantería Nº 14 (R.I. 14) para copar radio 1º de Marzo e impedir que los cuarteles de Tacumbú se movilizaran; la Caballería marchaba hacia la presa refugiada ahora en el Comando en Jefe y el apresamiento de los no comprometidos de la Aeronáutica.

SAN BLAS

Mientras tanto, cuando ya no había dudas de que la noche de La Candelaria empezaba a arder con los tiros que no eran 3 x 3 anticipados en homenaje de San Blas, la incertidumbre invadió las casas. Radio Cáritas transmitía el movimiento de los tanques y el intercambio de tiros como un partido de fútbol. Los dos canales -el 9 y el 13, más que sugestivamente-, habían dejado de emitir señales. Lo que parecía imposible -un levantamiento contra el dictador- era una incierta esperanza, por fin. Radio

Primero de Marzo estaba por vivir uno de los capítulos más emocionantes de su historia. Desde esa emisora -tomada por el R.I. 14-, el general Rodríguez, muy nervioso, emitió su histórica proclama.

Para colmo, la primera vez que entró al aire no se grabó el mensaje. La serenidad del periodista deportivo Antonio Farías logró que hiciera una segunda entrada, quedando ya el registro que se fue repitiendo a lo largo de aquellas eternas horas. El "jaku'éke paraguayo oguahêma ko la hora" del "Rojas Silva rekávo" de Emiliano R. Fernández que sonaba con terca insistencia, fue conmovedor. Si en 1928 incitaba a pelear contra Bolivia, esa vez instaba a adherirse a la lucha para acabar con la opresión.

Para la Armada, atacando con infantes apostados hacia el río Paraguay y con dos buques artillados que bombardeaban la Policía de la Capital, tomar el cuartel de los tahachi fue relativamente fácil. El terror que vivió un grupo de alrededor de 50 personas que estaba en los bares de la costanera ubicados en las inmediaciones del Cabildo fue inenarrable. Guarecidas precariamente, las balas zumbaban sobre sus cabezas.

Antes de la medianoche, los policías -incluyendo una dotación de la Fuerza de Operaciones Especiales (FOPE) que fue masacrada por los marinos frente al cine Victoria-, con su jefe, el general Alcibiades Brítez Borges, fueron reducidos. El canal 9 había sido un paseo y los defensores del Palacio seguían defendiendo con uñas y dientes ese bastión que solo alrededor de las 04.00 ondearía la bandera blanca.

Después de la desorganización general provocada por el adelantamiento de las operaciones, el ataque al Escolta por parte de la Caballería tuvo a ratos aristas dramáticas. Ya llegados los tanques de Cerrito y otros regimientos, con el coronel Lino Oviedo liderando las acciones, comenzó el asedio al refugio del Tiranosaurio, que temblaba de rabia, miedo e impotencia porque casi nadie respondía a las llamadas telefónicas a los "leales". Muchos de ellos ya estaban alistados en las filas que apuntaban a su cabeza.

ÚLTIMOS PATALEOS

Sin energía eléctrica -porque se les había cortado-, el Escolta aguantó como pudo. Ingeniándose, lograron entrar en el circuito de radio de los golpistas anunciando que la Artillería de Paraguarí venía hacia Asunción. Stroessner intentaba ganar tiempo, por si aquellos que le juraban "lealtad hasta las últimas consecuencias" dieran señales de estar en pie. El jefe de Estado Mayor, el general Alejandro Fretes Dávalos, fue enviado al frente para negociar.

Oviedo advirtió claramente la maniobra dilatoria. Por eso, los morterazos disparados desde diversos puntos estratégicos, arreciaron. Incluso -porque a esa hora, alrededor de las 24.00, la Aeronáutica ya había sido dominada por una fuerza combinada de la Caballería y "apalabrados" del arma-, el Xavante hizo un estremecedor vuelo rasante con la orden de lanzar unos caramelitos sobre los que no querían rendirse.

Como Stroessner -cumpliendo el sino de todo dictador que se precie- se encontró solo en aquel terrible momento crucial y viendo todo perdido, se entregó. El viejo lobo sanguinario intentó hacerse el corderuelo para salvar el pescuezo. No había caso, sin embargo: ni arrodillado podía disimular la bestia que llevaba dentro.

En las primeras horas del 3, Stroessner subió por última vez al automóvil presidencial. Ya jamás iría al Palacio. Ni ordenaría que arrojaran a ningún "subversivo" desde un avión. Acompañado por el coronel Oviedo, iba preso a la Caballería. Desde allí, el domingo 5 a la tarde, la televisión mostraría al pueblo paraguayo cómo el todopoderoso -porque, escondido en una valijera, ya lo había hecho antes- empezaba a beber otra vez aquella medicina que con tanta saña utilizó: el destierro al Brasil. Al subir la escalerilla del avión que lo llevaría al Brasil se exhibía encorvado y viejo. Más que eso: muerto de antemano.

A medida que avanzaba la madrugada hacia el alba -esta vez sí sería verdaderamente el alba-, el panorama se iba aclarando. Hasta los militares que -especulando acerca de la dirección del viento-, se retrasaron en adherir a la "gesta libertaria" hicieron escuchar sus voces a través de Radio Primero de Marzo. La voz del líder revolucionario, el general Andrés Rodríguez, anunciando la victoria fue emocionante. En cada vocablo suyo convergían todos -vivos y muertos- los que habían luchado por alcanzar aquel día de libertad.

MAÑANA DE LIBERTAD

Aunque estaba oscuro todavía y caía una tenue llovizna acaso de adhesión a la gesta victoriosa, a las 5 de la mañana ya amaneció en el Paraguay. Los miedos e incertidumbres de golpistas y no golpistas seguros de que si la insurrección fracasaba iba a desatarse una feroz carnicería, se habían disipado.

Desde las 6, con las calles ya limpias de sangre aunque con olor a pólvora todavía en el ambiente y edificios descuartizados a cañonazos, la gente empezó a salir de sus casas.

Se inauguraba un tiempo de abrazos, risas, lágrimas, regresos inmediatos de exiliados, confraternización de militares y civiles, lágrimas y risas otra vez, en fin, una jubilosa primavera de verano.

Fuente: Mario Rubén Álvarez de UH

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